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del orgasmo
Me llegó el aroma de su perfume y el calor de su cuerpo cuando me pidió que le ayudara a abrir su habitación porque la llave no habría. Nuestros cuerpos rozaron despreocupadamente y su seno quedó apretujado en mi brazo. Ese hecho despertó el infierno más grande en mi pecho, como un vacío extraño y agradable, que subió a mi cabeza y de un golpe bajó a mi sexo, como si ese recorrido emulara el sistema electrónico de una explosión en cadena, perfectamente sicronizada. Abrí la puerta y allí estaba su pequeña habitación largamente soñada por la extensión de mis deseos. Aún me veía haciendo el amor con ella en esa cama que brillaba solitaria en un rincón; apoyados en la pared sin importar que el mundo nos escuchara, allí sonreía el afiche de Leornardo Dicaprio. Salí de mis cavilaciones cuando mi hermosa prima sacaba un par de calzados de un simpatico cajoncito. Se sentó al borde de la cama, estaba espléndida, y le pedi sus zapatos para ponérselas. Le sorprendió mi petición, pero accedió. Levantó un poco su vestido para que yo tuviera mayor libertad y quedó al descubierto la tersa piel de sus bien torneadas piernas. Como un respetable depredador mi alma empezó a salivar. Le quité un zapato y con ternura y suavidad acaricié su lindo pie, al tiempo que manifesté lo tenso que debia sentirse, al soportar la molestia del incómodo calzado. Su voz suspiró ligeramente revelando un delicioso placer, pero todavía inocente y juguetón. Mis manos alcanzaron su pantorrilla sin abandonar su relajante labor. Hablábamos de lo grandioso que estaba la fiesta. Luego abarcó su rodilla. Y de pronto, ella se dejó caer de espaldas sobre la cama, tenía los ojos cerrados. Hací estuvimos un agradable tiempo. Hasta que Mariel sopló ligeramente y mordió sus hermosos labios. Lo que me sacó de mi absorción, y descubrí mis manos realizando un masaje con cierta presión, en el hermoso muslo de mi prima. Quedé asombrado y diabólico, mis manos estaban poseídas por un poder superior a mi razón. Y no se podía detener. Era obvio, por los movimientos laterales de su cabeza, que mi prima estaba atrapada en un silencioso y placentero nivel. Eso me insufló un mayor atrevimiento, porque mis manos llegaron a la parte superior de su soñado muslo y rozó su ingle. Ella emitió un suspiro inutilmente condenado al silencio, por que llevaba el crepitar de unos leños que ya estaban ardiendo. Subí la falda de su vestido y quedó al descubierto un paradisiaco panorama humano. Su abdomen ondulaba, la impecable blancura de su delgada braga mostraba una zona humeda a la altura de la vajina y sus descubiertas piernas se movían ligeramente como serpientes que empezaban a despertar. Le quité el calzón con paciencia y Mariel elevó su cuerpo para facilitar la operación. Vi su sexo expuesto y rendido a mis deseos. Ella pedia que se lo hiciera, había dejado la inhibición. Y su cadera se movía ritmicamente estimulada por mi lengua que arremetía contra el clítoris de manera salvaje. Y de pronto se vino lanzando con las velas abiertas un excitante gemido, su cuerpo se contorcionó violentamente y casi no pude mantener mi boca en su deliciosa vajina. Me quité el pantalón y ella me observaba aun bajo los influyentes rezagos del orgasmo. Mi pene estaba totalmente erecto. Jamás lo había visto haciendo gala de una formidable rigidez. Me acerqué presa de unas ansias tremendas de hundirme en ella. Mariel apartó las piernas al verme dispuesto y mi pene no tardó en sentir la ardiente temperatura de aquellla fantaseada vajina. Mariel gritó, pero era un grito que combinaba dolor y placer. Era la primera vez que ella experimentaba una penetración. Y haciendo un enorme esfuerzo la penetré con delicadeza hasta que toda mi virilidadad estuvo enterrada. Ella undía sus dedos en mis pectorales y presionaba su boca, pero cuando empecé a trajinar con un repetitivo ir y venir, su rostro se fue relajando y sus manos empezaron a acariciar mi dorso desnudo. Y volvió a alcanzar un profundo orgasmo. Entonces, introduje mi pene con violencia y moviendolo en todo sentido en su vajina, golpeaba sus nalgas y el choque emitía un sonido que me excitaba. Y ella gemía y gruñia como una diabólica posesa que no podía controlar la acción de su cuerpo. Volví a descorrer su vestido y practicamente todo quedó en su cintura. Despejé sus senos y mi boca se apoderó de ellos, succionando y lamiendo sus pesones. Yo retardaba todo lo que podía mi eyaculación. No quería que aquel momento acabara jamás. Sentí el límite y lo saqué de aquel delicioso coño hasta recuperarme. Hundi mi dedo en su vajina y flagelé su clítoris hasta que sintió otro orgasmo. Cuando sentí que ella estaba exahusta le pedí que me masturbara, para evitar problemas posteriores. Bajé de la cama y la esperé de pie, se arrodilló frente a mi y cogió con ambas manos mi pene palpitante, ejerció un movimiento de masturbación como lo había visto en películas, era un poco torpe pero fue efectiva. Con toda la excitación contenida en mi interior pronto me vine y eyaculé lanzando mi semen a su blanco pecho...

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